martes, 15 de septiembre de 2009

El pistolero VII


Cuando era pequeño, los pueblos rebosaban optimismo y felicidad. Cada pared, cada casa, cada persona te hablaba de algo importante que hoy día tanto escasea: ilusión. Mi padre siempre me decía que tenía que aprender lo mas rápido posible que todo el mundo tiene algo que enseñarme… “esta es una lección que algún día podría salvarte la vida”.
Me llaman "el asesino" y voy tras un hombre, un tipo que ha sembrado de cadáveres el pueblo en el que me encuentro. El chico que yace a mis pies le apodó: "el penitente". Evalúo la situación en la que me encuentro. Podría volver al poblado de “sor ojos bonitos" o dejar que se marche, dejar que siga matando... Por otro lado, no tengo caballo y tratar de seguir a pie no sería buena idea. Aunque llegase a alcanzarlo, estaría tan cansado que mi misión sería suicida. Observo el viejo revolver que quizás tenga que salvarme la vida algún día. ¿Cuantas decisiones erróneas habré tomado a lo largo de los años?
- Muchas, pero he necesitado y necesitaré equivocarme muchas veces para aprender- me respondo en voz alta.
Me incorporo. Vuelvo la cabeza a izquierda y derecha: A un lado una falsa tranquilidad, al otro una incertidumbre con cierto regusto de muerte. En estas estoy cuando escucho el galope de un caballo aproximándose a toda velocidad. Me oculto aunque no creo que sea él, ya me ha demostrado que una entrada de este tipo en mi presencia no sería de su estilo.
Salgo de mi escondite enseguida. No es él, aunque quien aparece me causa sorpresa: es el chico que deje con vida, el chico que apenas tendrá edad para afeitarse.
Cuando me ve desmonta y trata de decir algo sin demasiado éxito. Me tiene miedo.
- Quiero ir contigo. Por favor.-
Tardo en responder y el chico tiembla. Sus ojos se clavan en el cuerpo que descansa a mis pies.
- No he sido yo- me anticipo- Aunque esta claro que ahora ya poco importa-
Observo ambas direcciones de nuevo y comienzo a caminar hacia la única opción.
- ¿Donde vas? ¡Llévame contigo!-
Detengo mis pasos sin volverme siquiera.
- Chico, créeme, no quieres venir a donde voy-
- Pero...-
- Si no te maté fue por algo, algo que pronto descubrirás. Y si no te maté, no querré que mueras en mis brazos-
- Pero...-
- Tu lugar no está a mi lado - me vuelvo y le observo, apenas puede disimular algún que otro temblor de los muchos que recorren su escuálido cuerpo.
Rompe a llorar hincando las rodillas en el suelo. Me acerco y poso mi mano en su hombro.
- Chico, mi padre me enseñó muchas cosas y una de ellas fue una frase que me acompaña cada día- Levanta la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas me traen recuerdos... tantos recuerdos...
- Pero... no puedo volver, mi sitio no está allí ¿Por que no me mataste? ¿¡Por que...!?
- Porque querías morir
El llanto se apaga en su boca y poco a poco se incorpora. Su expresión ahora de sorpresa, dibuja una pregunta sin palabras.
- Simplemente lo se.
- ¿Que te decía tu padre "asesino"?
Cuando acaba la frase es consciente de lo que acaba de decir y los temblores empiezan de nuevo. Si me acordase de como se hace, reiría.
- Mi padre me hizo prometerle que sólo moriría de un modo
- ¿De un modo? ¿Cual?
- Que el otro sea mejor que yo.
El chico entorna los ojos. Parece buscar en su cabeza la llave de la frase que acabo de pronunciar.
- Vuelve al pueblo.
- Pero...
El chico es cabezota, cuantos recuerdos...
- Está bien- saco una bala del cinto, le saco la pólvora y la coloco de pie sobre el canto del abrevadero. Cojo a mi inesperado invitado del brazo y caminamos veinte pasos. Saco mi revolver y se lo doy.
- Dispara- me mira algo incrédulo.
- ¿A que?-
- A aquella bala.
- ¡Pero si apenas la veo!
- Si le das, podrás venir conmigo.
- ¡Es imposible!
- Aunque no lo creas, eres capaz de darle
Su cara cambia, cuando coge el arma de mis manos.
- El cañón está curvado- dice sin darle demasiada importancia pues sabe que yo ya lo se.
- Tú tranquilo y respira, nadie trata de matarte ahora, estamos solos tú y yo- hacia tiempo que no hablaba tanto con una persona, pero la curiosidad de comprobar algo me puede.
Los temblores casi cesan. Su respiración se pausa hasta que logra mantener el pulso firme. Sus ojos se entornan buscando algo que apenas puede ver. Ha sabido que el cañón era curvo en cuanto sus manos han tocado la pistola. Un silencio absoluto nos envuelve y me confirma algo que supe desde el primer momento que le vi: es como yo, tiene como me dijo mi padre: "el don". Tiene mucho que aprender, jamás dará en el blanco, pero...
El silencio es roto por un sonido familiar. La bala silva en el aire rumbo a su objetivo... que por supuesto no cae. Los temblores vuelven a sacudir el cuerpo del chico.
- Era muy difícil... imposible...
Raudo le arrebato el revolver deseando que no se haya percatado de lo que estoy viendo. En cuanto la cojo aprieto el gatillo... y el casquillo cae por el impacto. Sus ojos se clavan en mí y desprenden una admiración que hacía mucho no recibía.
- No puedes venir, vuelve al poblado.
Asiente sin rechistar y sus pasos se alejan poco a poco.
- Cógelo, te hará falta más que a mi- dice señalando el caballo- ¡Algún día lo haré e iré contigo!
Observo como se marcha con cierta pena. Me dirijo al casquillo caído y lo recojo murmurando.
- Algún día no chico, ya lo has hecho, solo que perdiste la concentración, de no haberla perdido, habrías visto el casquillo bailando apunto de caer tras tu disparo- sonrió- Tuve que disparar muy rápido y aún así no estaba seguro de que no te hubieras percatado.
Me gustaría enseñarle, quizá... frunzo el ceño dejando salir el aire de los pulmones. Monto a caballo y me dirijo hacia donde hace algunas horas se marchó "el penitente", impregnado de una sensación que cada vez va cobrando mas fuerza: voy a morir.

Me llaman "el asesino".

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