sábado, 11 de julio de 2009

El pistolero V


Poco a poco voy tomando conciencia de mi cuerpo. Las piedras clavándose en mi costado y el polvo llevado por la brisa entrando en mis labios. Abro los ojos muy despacio. El sol va cayendo buscando besar las montañas. A lo lejos se ve el poblado, junto a mí una bolsa en cuyo interior hay cecina, pan duro, agua y... una canana con un arma. Es vieja. Hago girar el tambor y la aproximo a mí cerrando un ojo. Lo que pensaba, el cañón está torcido y sor "ojos bonitos" sólo me ha dejado las seis balas. Me la acomodo en la cintura. Bueno, me pregunto como y por qué me han traído aquí. Mi primer impulso es volver al pueblo, pero todavía estoy débil.
-¿Y no era eso lo que querías? ¿Morir?-
Las palabras se forman en mis labios casi inconscientemente pero es cierto ¿no era eso lo que quería? Sería tan fácil como volver al poblado y entrar en el salón, allí alguien me retaría y... todo terminaría de una vez...
- pero y ¿"el cretino"? -
Que le den al cretino.
- ¿Y ELLA?-
Ella. Los ojos de la monja que me atendió se parecían tanto... ¿Que habrá sido de ella? Hace tanto tiempo... Pero, se aproxima un grupo de caballos, quizá al final no tenga que decidir nada. Son cinco tipos, todos armados. Se detienen junto a mi y me analizan de arriba abajo.
- Os dije que era él- le dice el más joven al de su vera. Apenas tendrá edad para afeitarse.
- Sí- su bigote frondoso apenas deja ver como se mueven sus labios cuando asiente con la cabeza- Tienes que venir con nosotros "asesino"-
- ¿Por que? - Tengo seis balas, son cinco tipos y no estoy ni de lejos en mi mejor momento, no creo que pueda hacerlo.
- Porque voy a matarte-
Al principio no se si sonríe o no hasta que lo advierto en sus ojos. Los demás ríen a carcajadas pero son los nervios los que mueven sus bocas. Resignado como tantas veces, asiento con la cabeza y nos dirigimos a la calle del pueblo.
Todos esperan. Algunos abren los ojos al verme. Otros tuercen la boca. Oigo algún comentario que prefiero omitir.
- Tú quédate aquí- me dice moviendo apenas el bigote.
Se aleja y se sitúa en el otro extremo de la calle. Parece confiado.
- Cuando toquen las siete. "Asesino", hoy se acabaron tus crímenes.-
La gente aplaude. Ni tan solo contesto a su provocación. Observo entre la multitud a la monja que me salvó: sus ojos fijos en los míos. Su mirada preocupada me trae tantos recuerdos que me hace temblar tanto que mi rival lo advierte.
- ¿Ya tiemblas? jajaja- la gente ríe.
Dejo caer mi bolsa. Vacío el cargador dejando sólo una bala y lo hago girar. Las risas se apagan.
¡DONG! El silencio devora todo lo que nos rodea.
¡DONG! Quizá esta sea mi hora. Busco sus ojos de nuevo recordando otros tiempos, otros lugares... siempre la amaré.
¡DONG! No miro la cara de mi rival y de reojo busco entre la gente. Me siento débil.
¡DONG! Creo que ha llegado mi momento.
¡DONG! Entre la multitud lo encuentro, una vez más: el niño. El niño sonríe.
¡DONG! La monja se cubre la cara con sus manos. Miro al chaval sin saber aún si podré hacerlo. Sinceramente no creo que pueda. No lo creía antes y sigo sin creerlo.
¡DONG!
Sólo suena un disparo, el mío. La desviación del cañón no ha supuesto un problema. La bala silva por el aire y da en la mano del tipo del bigote. El silencio ya ha hecho presa de todo el mundo probablemente hasta que me vaya. Busco al chico pero, como siempre, ya no está. Doy media vuelta y me dispongo a marcharme...
- ¡Eh! ¡Fue ella la que lo ayudó! -
Cargo el revolver con las cinco balas que me quedan y me giro tan rápido como siempre. Veo al chaval que apenas tiene edad para afeitarse cogiendo de la cintura a la monja que me salvó. Los otros cuatro tipos, incluido mi rival, se dirigen hacia donde grita el chico y la multitud se abre. Tres de ellos me apuntan. El chaval y mi rival están sujetando a la monja. Este último saca un cuchillo. Veo los ojos de la mujer y no puedo dejar de temblar.
- Te dije que hoy morirías "asesino"- la sangre mancha el hábito cuando aprieta un poco más con la hoja sobre el cuello - Y ahora morirá ella y luego tú ¿que harás?- la hoja se va hundiendo.
El niño aparece de nuevo, esta vez no sonríe y se limita a asentir con la cabeza. No hay tiempo.
Tan rápido de como soy capaz, cuatro balas silban en el aire. Luego me preguntaron si habían salido al mismo tiempo del revolver, cosa que es imposible. Solo se escuchan cinco disparos: cuatro míos y uno suyo. Uno de los tres tipos que me apuntaban ha logrado disparar y la bala se ha clavado en la tierra unos dos metros a mi derecha. Mis cuatro disparos le han matado a él, a sus dos compañeros y a mi rival... me queda una bala. El chico que apenas tiene edad para afeitarse escucha como sus compañeros caen al unísono. Sus ojos se abren como platos.
- ¡Es el demonio! ¡"asesino"!- grita alguien y la gente se disuelve atemorizada.
Quedamos yo, el chico y sor "ojos bonitos". Al principio no sabe si apuntarme a mi o a ella. Cuando estoy a su altura, su arma cae. Sus pantalones están mojados y se arrodilla implorando. Deja a mi salvadora caer y la recojo entre mis brazos.
- Vete - sus ojos tratan de sonsacarme una explicación que no voy a darle- ¡Vete!- el chico aprieta a correr dejando su arma en el suelo.
La herida en el cuello es grave pero vivirá. En el mismo convento la curarán. La gente me observa tras ventanas... escondida a la vuelta de la esquina. Cuando veo sus ojos los recuerdos hacen aflorar un par de lágrimas a los míos.
- ¡Como alguien ose hacerle daño...!- mi voz es como un trueno- ¡NO habrá lugar en el mundo donde podáis esconderos! ¡Me oís!-
La gente tiembla tras sus ventanas. Cojo el caballo de mi rival, su munición y me dirijo al convento donde curarán esa fea herida. Me siento débil, pero creía no poder y pude sin demasiados problemas... ese niño que siempre aparece...
Me llaman "el asesino"...

domingo, 5 de julio de 2009

El pistolero IV


Pensaba que no duraría tanto. Cuando "el cretino" se fue, pensaba que pronto saldría del desierto, pero no ha sido así. Sin caballo, armas, fuerzas y muy muy poca voluntad, estuve apunto de arrojar la toalla a las 13h del tercer día. Fue el humo el que me sacó de mi ensimismamiento, de mi dejadez. Hace mucho que ya no pienso, pensar es muy mala idea cuando juegas contra ti mismo. Me llaman "el asesino" y voy camino de mi salvación, aunque esto signifique morir.
Cuando entro en el pueblo, la gente pasa a mi alrededor como pasaba el viento en el desierto. Nadie se percata de que mi cercanía a la muerte es alarmante. Nadie me pregunta. Nadie me mira a los ojos. Un episodio que tantas y tantas veces se ha repetido en mi vida. Caigo.
Hay una laguna inmensa en mi cabeza desde que besé el suelo hasta que desperté, pero cuando mis ojos se abren y mis sentidos perciben, la suavidad de las sábanas y la sensación impagable de "estar a salvo" inundan mis percepciones.
- Te recogí a la entrada del pueblo-
Una voz habla pero aún me cuesta creer que sea a mi.
- Te he curado la herida del cuello. Junto a ti hay comida, una camisa limpia y algo de agua-
La voz es femenina. Sigo sin creer que se esté dirigiendo a mi.
- Estoy en la habitación de al lado. Si necesitas lo que sea, solo dilo.-
Cuando la puerta se cierra me percato de lo mucho que me cuesta moverme. Miro a mi alrededor y observo una estancia pequeña y humilde pero muy limpia. Como y bebo con moderación y me pregunto cuanto hará que estoy aquí. Me visto y me quejo un poco al darme cuenta de que apenas puedo moverme. Mi tenue quejido es suficiente para que ella entre.
- ¿Estás bien? ¡NO! ¡Todavía no debes levantarte!-
Hacía tiempo que no veía unos ojos tan bonitos. No se de que color es su pelo, pero a juzgar por sus cejas puedo aventurar a decir que negro. Sus atuendos no me dejan ver más que una cara que invita a conversar y unos ojos que me otorgan algo que perdí hace tiempo: la esperanza.
- Te recojimos hace tres días y te trajimos al convento- hace un ademán de arriba abajo con su mano impidiéndome hablar- A pesar de lo que hemos escuchado sobre ti, nosotras no juzgamos a las personas por lo que escuchamos. Nos limitamos a ayudar a los que lo necesitan y tú lo necesitas.-
El exceso de amabilidad me abruma y no puedo evitar que sus ojos me recuerden a los de ELLA. Su mera visión me provoca un vértigo que me hace cerrar los párpados.
- Debes descansar-
Soy incapaz de negarme.
- Duerme y repón fuerzas. Aquí estás a salvo.-
Cuando la puerta se cierra tras ella, una lágrima recorre mi mejilla al evocar recuerdos del pasado... Esos ojos son iguales a los de ELLA...
Cuando Morfeo me envuelve entre sus brazos mi último pensamiento vuela mucho, mucho tiempo atrás...
Me llaman "el asesino"....

viernes, 3 de julio de 2009

El pistolero III


Cuando cruzas el desierto no hay nadie que te anime. Cuando todos tus esfuerzos se basan en poner un pie delante del otro, llegas a olvidar como y cuando empezó la travesía. Me llaman"el asesino", aunque jamás maté a nadie que no tratara de matarme.
Cuando el sol sube, cuando sus rayos te alcanzan con furia... cuando la boca empieza a segregar aquella sustancia blanca que se posa en las comisuras de los labios, cuando sabes que parar sería igual a morir, cuando sabes que si tropiezas y caes no podrás levantarte... El desierto es el peor de los rivales a los que me he enfrentado. Y no, no hay nada que pueda decir, no hay palabra que pueda hacer comprender a nadie lo que significa esta afirmación. Aquí no hay gente que te odia, no hay gente que grita aterrada, no hay quien te mire con respeto, no hay palabras amables... aquí estoy solo. Cuando hace tiempo que no me enfrento a este rival temible, tiendo a olvidar lo que es realmente no tener un alma alrededor. Mi caballo murió hace días y debo decir sin demasiado orgullo que es gracias a él que yo sigo vivo... Esta es una prueba muy dura, no solo me enfrento a la enorme pegada del sol, al arduo camino sobre la tierra, no, aquí me enfrento a algo, a alguien... a mí. Todavía le doy vueltas a lo de mi caballo, pero ¿que podía hacer? el animal se caía, no podía más y... sus ojos, esos ojos me suplicaron que... Tampoco entonces fui "el asesino" que todos dicen que soy, pero...
- ¡Eh! ¡Tú!-
Al principio de este infierno habría advertido su presencia desde hacía rato. Pero en el estado en el que me encuentro, doy gracias a Dios por haber oído su voz.
- ¡Tú! ¿Que llevas ahí?-
Sus dedos señalan mis cartucheras. Y una sonrisa aflora en mis labios.
- ¿Se puede saber de que coño te ríes?-
No respondo.
- Maldito sea el chiflado este- desenfunda y me apunta con su arma- ¿que de que coño te ríes?-
- Me has salvado-
- ¿Que?- risas- Creo que no me has entendido. Dame los revólveres y vivirás... hoy al menos- me apunta a la cabeza.
Está fresco y su caballo también lo que me devuelve toda esperanza. Dudé todo este tiempo sobre si caminaba o no en la dirección correcta. Es seguro que me he desviado, pero ahora se tambien que el pueblo del cretino no anda lejos.
- Ultimo aviso amigo. Dame los revólveres y tu vida correrá a TU suerte-
El cretino no creo que lo sea tanto. Es suficientemente listo para saber que vengo de lejos, quizás muy lejos y que muchos no habrían llegado donde estoy. Su pulso apenas tiembla y sus ojos me gritan que habla en serio. Si todo esto hubiera pasado al iniciar mi marcha el tipo estaría muerto hace rato. Me desabrocho la canana y se la lanzo. El cretino la recoge y observa complacido el botín. Sólo me queda una duda y la respuesta podría matarme: ¿sabrá quien soy?
El cretino de cicatriz en la frente que resultó no serlo tanto, monta su negro corcel y me lanza una última mirada. Quizás hoy termine todo, quizás ahora se acabe, quizás este sea mi fin... ¿obtendré al fin la paz que tanto anelo? Si me mata como si no, el cretino, como le dije, me ha salvado... del desierto como poco.
- Adiós, para siempre- el tipo levanta el arma y un sonido ensordecedor, como si escupiera lava el mismo infierno, sale del cañón . La bala pasa silbando rozándome el cuello y provocándome una herida... quizá de muerte, en ese momento no lo se. Tirado en el suelo, escucho los cascos del caballo cuando se aleja al galope. Estoy sangrando. Raudo arranco una de mis mangas y aprieto con fuerza con la tela contra la herida. No moriré. Cuando me levanto se que pronto estaré fuera del desierto y la duda que me asalta es : ¿El cretino se cree tan bueno que cree haberme herido de tal modo que mi muerte será cuestión de minutos, horas...? o ¿ El cretino es tan bueno que me ha dejado vivir por algún motivo que desconozco? Es la primera persona que me hiere desde hace años. Le encontraré, recuperaré mis armas y luego... Quizá le mate yo, quizá él... ganaré de todos modos.
Me llaman "el asesino"...