domingo, 5 de julio de 2009

El pistolero IV


Pensaba que no duraría tanto. Cuando "el cretino" se fue, pensaba que pronto saldría del desierto, pero no ha sido así. Sin caballo, armas, fuerzas y muy muy poca voluntad, estuve apunto de arrojar la toalla a las 13h del tercer día. Fue el humo el que me sacó de mi ensimismamiento, de mi dejadez. Hace mucho que ya no pienso, pensar es muy mala idea cuando juegas contra ti mismo. Me llaman "el asesino" y voy camino de mi salvación, aunque esto signifique morir.
Cuando entro en el pueblo, la gente pasa a mi alrededor como pasaba el viento en el desierto. Nadie se percata de que mi cercanía a la muerte es alarmante. Nadie me pregunta. Nadie me mira a los ojos. Un episodio que tantas y tantas veces se ha repetido en mi vida. Caigo.
Hay una laguna inmensa en mi cabeza desde que besé el suelo hasta que desperté, pero cuando mis ojos se abren y mis sentidos perciben, la suavidad de las sábanas y la sensación impagable de "estar a salvo" inundan mis percepciones.
- Te recogí a la entrada del pueblo-
Una voz habla pero aún me cuesta creer que sea a mi.
- Te he curado la herida del cuello. Junto a ti hay comida, una camisa limpia y algo de agua-
La voz es femenina. Sigo sin creer que se esté dirigiendo a mi.
- Estoy en la habitación de al lado. Si necesitas lo que sea, solo dilo.-
Cuando la puerta se cierra me percato de lo mucho que me cuesta moverme. Miro a mi alrededor y observo una estancia pequeña y humilde pero muy limpia. Como y bebo con moderación y me pregunto cuanto hará que estoy aquí. Me visto y me quejo un poco al darme cuenta de que apenas puedo moverme. Mi tenue quejido es suficiente para que ella entre.
- ¿Estás bien? ¡NO! ¡Todavía no debes levantarte!-
Hacía tiempo que no veía unos ojos tan bonitos. No se de que color es su pelo, pero a juzgar por sus cejas puedo aventurar a decir que negro. Sus atuendos no me dejan ver más que una cara que invita a conversar y unos ojos que me otorgan algo que perdí hace tiempo: la esperanza.
- Te recojimos hace tres días y te trajimos al convento- hace un ademán de arriba abajo con su mano impidiéndome hablar- A pesar de lo que hemos escuchado sobre ti, nosotras no juzgamos a las personas por lo que escuchamos. Nos limitamos a ayudar a los que lo necesitan y tú lo necesitas.-
El exceso de amabilidad me abruma y no puedo evitar que sus ojos me recuerden a los de ELLA. Su mera visión me provoca un vértigo que me hace cerrar los párpados.
- Debes descansar-
Soy incapaz de negarme.
- Duerme y repón fuerzas. Aquí estás a salvo.-
Cuando la puerta se cierra tras ella, una lágrima recorre mi mejilla al evocar recuerdos del pasado... Esos ojos son iguales a los de ELLA...
Cuando Morfeo me envuelve entre sus brazos mi último pensamiento vuela mucho, mucho tiempo atrás...
Me llaman "el asesino"....

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