
En cuanto termino con la comida, pido permiso a mis padres y salgo corriendo por la puerta. Para cuando llego a mi destino, la carrera me deja exhausto. Con mi destino alcanzado, solo queda esperar a que venga, siempre viene, tarde o ¿quizá vengo yo pronto? da igual, siempre viene. Solo hay una cosa que podría hacer que no se parase allí a jugar y sería que el columpio estuviera ocupado.
Para hacer tiempo, observo a las hormigas trabajar. ¡Todas a una!, ¡no pierden el orden!, ¡cada una sabe lo que tiene que hacer y como hacerlo! ¡no se pelean! ¡no...jo!. Mi corazón se acelera, mis piernas comienzan a flaquear y mi respiración parece insuficiente para darme ese aire que tanto necesito cuando ella aparece. Aguardo y observo como se aproxima al columpio... como cada sábado desdé que la vi por primera vez en mi décimo cumpleaños: ¡hace casi un año ya de aquello!.
Mi amigo Juan, dice que me gusta: ¡No tiene ni idea!. Cuando traté de explicarle como es su sonrisa, se burló de mi, me empezó a chinchar... ¡Bah! es un crio, ¡solo tiene 9 años!. La verdad es que no se si me gusta o no, yo solo se que cuando la veo sonreír en el columpio, mi tripita se llena como de mariposas, mi corazón va mas deprisa, me siento bien... y sonretodo: No puedo dejar de sonreír.
Arriba, abajo, arriba, abajo... nunca me ha visto o... ¡eso creo! ¡que verguenza pasaría! No puedo ni imginarme si se lo contara a Juan y se enteraran los demás... Arriba, abajo, arriba, abajo... Que bien me siento, ¡buf!, que sonrisa mas bonita, el tiempo parece pararse y sin embargo también parece volar... arriba, abajo, arriba, abajo... no puedo dejar de sonreír... arriba, abajo, arriba, abajo, arriba... cada vez mas fuerte. Ahora saltará cuando esté arriba del todo y caerá de pie haciendo aquello que hacen las gimnastas... ¡oh! ¡se ha caido! ¡está llorando!.
Sin pensarlo demasiado, porque si lo hubiera pensado no lo habría hecho, corro con toda la velocidad que me dan mis piernecitas que algún día serán fuertes y grandes. LLego junto a ella:
- ¿Estás bien?
Ella levanta la cabeza y me mira con los ojos llenos de lágrimas. Me agacho y veo que tiene una pequeña rascada en la rodilla.
- ¿Te duele?
Pero ella no mira la rascada, me mira a mi, y ya no está llorando. Sus ojos están clavados en mi boca y una sonrisa enorme decora su cara con luces, estrellas... y de repente me doy cuenta de que la sonrisa sigue en mis labios, como cuando ella no me veía, como cuando, oculto, observaba su valanceo: arriba, abajo, arriba, abajo, como cuando ella... Un calor enorme me enciende la cara y sin pensar, de nuevo sin pensar, la ayudo a levantarse, ella se sienta en el columpio, yo la doy impulso... mi tripita se llena como de mariposas, mi corazón va mas deprisa, me siento bien... y sobretodo: No puedo dejar de sonreír.

1 comentario:
Precioso...puedes sentir lo que el niño siente..¡que grande! ¡¡¡que auténtico!!! :)
un besi, te quiero!
Publicar un comentario